Una vuelta al sol
Óscar Blasco Lázaro
Bienvenido
Bienvenido (es un nombre inventado porque no sé cómo se llama ese señor que camina delante de mí) ve una botella de plástico en el suelo, se detiene frente a ella y chasquea la lengua en tono de queja. Bienvenido acaba de salir del gimnasio y está recién duchado. Se siente bien. Está a gusto consigo mismo y ha decidido hacer algo por los demás sin esperar nada a cambio. Se agacha y recoge la botella de plástico. De camino a la papelera, Bienvenido forja su leyenda. Él nunca lo sabrá, pero yo narraré su gesta y lo convertiré en un héroe al que muchos otros seguirán.
Creedme si os digo que, cuando la botella entró en la papelera, el mundo entero se estremeció, el viento sopló con fuerza y el cielo se llenó de cientos, de miles, de ninfas voladoras de las tipuanas que bailaban y aplaudían entusiasmadas sobre la calle limpia, sobre la papelera, sobre el pelo mojado de Bienvenido.
Reconquista
Hace unos días, todo esto eran campos. Mañana acabarán las obras del nuevo centro de distribución y el lunes empiezan a trabajar. Dicen que, a partir de ahora, tendremos nuestros pedidos en casa en un santiamén, que será muy cómodo no cargar con la compra y que ahorraremos mucho tiempo. Yo ya tengo pensado emplear mis horas sentado frente a mi ventana sin vistas. Escribiré, rodeado de mis caprichos, relatos oscuros acerca de seres lánguidos y blanquecinos, de cuerpos obesos y mentes compulsivas que pagan sus deudas a cambio de seguir comprando. Escribiré también, con el humor que me caracteriza, cómo sus mascotas, sucias y olvidadas, se organizan en la lucha para recuperar la atención de sus amos. Unidos, perros y gatos, loros y canarios, peces y tortugas, hámsteres y serpientes, combatirán por tierra, mar y aire contra los ejércitos de repartidores que esclavizan a sus dueños llenándoles las casas de lo que no necesitan.
No sé cómo acabará todo esto, pero, por si acaso, voy a ir abriendo la jaula de Kreka y Atila, mi pareja de hurones.
8.000.000.000
El tercer planeta del sol tiene asignado un número máximo de conciencias: ocho mil millones, para ser exactos. La cifra resulta de un cálculo que tiene en cuenta valores como la temperatura superficial del planeta, el radio, la densidad, la velocidad de escape y el coeficiente LC (del inglés: Literary Coefficient), que permite al que hace el cálculo obtener el número que más le convenga.
Los humanos tenemos preferencia en el reparto de las conciencias, así que, mientras llegamos a esa cifra, el resto se las reparten, por sorteo, entre plantas y animales. Cuando en la Tierra éramos pocos humanos, las posibilidades de toparse con alguna tortuga sabia, alguna rosa presumida, alguna encina soberbia o algún asno bobalicón eran muchas. Ahora que estamos a punto de alcanzar los ocho mil millones, eso es casi imposible, porque los humanos acaparamos todas las conciencias disponibles. Su extinción es la señal de que pronto nacerá el primer ser humano sin conciencia.
Blus
Abajo, en el centro, una mujer pinta un cuadro junto a su ventana. Por los movimientos agitados de su pincel, parece estar pintando una tormenta: el cielo y el mar se juntan sin horizonte en olas de viento y nubes de espuma embravecida; en medio, oscuro y evanescente, se intuye un barco ladeado, un mástil sin vela.
Arriba, a la derecha, una mujer en pijama sale con la colada a su balcón. Por su desgana se ve que todo lo que va a tender es ropa de estar por casa. Hoy tampoco podrá salir con sus ami gas y lucir su chaqueta de punto color carmín ni su blusa rosa palabra de honor ni su pantalón palazzo en tonos pastel.
Abajo, a la derecha, un hombre triste bebe cerveza, fuma y tiene encendida la televisión. No la mira. Solo puede pensar en ella, en los días que hace que no están juntos, en cuando hacían el amor, reían, bebían cerveza, fumaban y veían juntos la televisión.
Arriba, a la izquierda, una pareja sale al balcón con su hijo. Ella lo sostiene entre sus brazos. El niño llora. En su llanto amargo y esterilizado se pueden ver sus ganas de volver a correr a tientas por el parque, de volver a probar un bocado de arena, de volver a caerse y ponerse perdido.
Empieza a llover y todos entran en casa. Parece que seguirá así todo el día. Se acabó por hoy recordar el mar abierto, los paseos, los amores perdidos, la libertad. Se acabó por hoy vivir las vidas de los demás.
Yo me quedaré aquí, en la galería, junto al cristal, por si alguien, desde la penumbra, siente la necesidad de imaginar para mí una vida que no es la mía.
Girasoles
Hoy es catorce de agosto. El catorce de agosto del año pasado estaba aquí mismo, entre estos campos. En este tiempo, he dado una vuelta al sol: verano, otoño, invierno, primavera y otra vez verano. Han sido doce meses viajando por el firmamento hasta llegar aquí. Sin duda, este es un nuevo aquí: donde antes había maíz, ahora crecen los girasoles. Mirándolos esbeltos, abiertos, luminosos, me doy cuenta de que ya no soy el mismo, de que este viaje espacial me ha cambiado, igual que lo han hecho estos campos.
Sigo siendo obediente, racional y productivo, como el maíz, pero ya no soy impenetrable, ya no doy refugio a bestias salvajes ni me da igual por dónde salga el sol.
Primera edición: marzo de 2025
© Óscar Blasco Lázaro
© Una vuelta al sol, 2025
Diseño: Mariona García
Maquetación: Estudi Martín
Pop-up + ilustración de portada: Plego
Tipografía: Chronicle Text G1 (Hoefler & Co., 2002)
Papel 100% reciclado: Colorplan Factory Yellow y Biotop 3
Impreso en Barcelona por Gràfiques Ortells
ISBN: 978-84-09-69632-1
Depósito legal: B 5713-2025
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